Ahora que se acabó el dinero… llegó el momento de pensar.

Al empezar el nuevo año recibí una felicitación de DPR, una pequeña editorial barcelonesa activista en temas de innovación, que rezaba: “Guys, we have ran out of money… Now we have to think!”. Esta afirmación me gustó porque resume lo que todos estamos deseando: que las cosas cambien. Tras casi cinco años de crisis ya empieza a ser hora que dejemos de pensar en causas y culpables para empezar a abordar retos que construyan oportunidades. Así que he decidido que sea éste el título genérico de esta columna, porque es de nuevas miradas para el diseño gráfico de lo que quiero hablar en los próximos meses.

Gui Bonsiepe, en una conferencia que realizó el pasado mes de febrero en Barcelona, comenzó su ponencia con esta contundencia: “Vivimos en una constelación de fuertes turbulencias en varios dominios de la realidad. Turbulencias en lo social, en lo financiero, en lo político y en lo ambiental. Desde el año 2008, la palabra Crisis ocupa los titulares de los medios de comunicación, y los observadores alertan sobre síntomas que afectan a la producción, la distribución, el consumo y los valores. Cambios que someterán al tejido de las sociedades actuales a tensiones de consecuencias imprevisibles.”

Lejos de pretender ser catastrofista, Bonsiepe nos introdujo en una reflexión posibilista sobre el mundo del diseño y el componente utópico que acompaña el ejercicio de esta profesión. Hoy, casi todos los ciudadanos ya hemos tomado consciencia que, tras la crisis que nos ocupa, ya nada volverá a ser igual. Y no sólo porque los modelos del capitalismo estén mutando, sino también por cómo lo digital está marcando nuevas pautas. Y estos dos premisas son un buen marco para empezar reflexionar.

Creo que tenemos mucho que aprender de otras disciplinas, tanto de las afines (industrial, moda, arquitectura) cómo de las no tan conocidas (administración de empresa e ingenierías) y de las injustamente olvidadas (antropología, filosofía y otras humanidades). Acercarnos a ellas con curiosidad puede contribuir a fundamentar una mejor experiencia del diseño, tanto para los que lo ejercemos como para los que lo sufren. Y digo sufren porque veo demasiado a menudo cómo el diseño es percibido socialmente cómo algo superfluo, y sospecho que aquí hay algo que los diseñadores no estamos haciendo bien. Me explicaré.

Según un estudio del Observatori del Disseny publicado en el año 2009 y dirigído por Ariel Guersenzvaig, el nivel de penetración del diseño en las empresas catalanas es de un 84%, el mismo porcentaje que en Dinamarca. Probablemente estarás pensando que ni de lejos es el mismo.Y tienes razón. La gran diferencia, según argumenta el autor del estudio es que en España, este 84% corresponde a un uso del diseño como styling mientras que en Dinamarca el diseño se entiende cómo parte del proceso en el desarrollo empresarial. Su opinión es que conseguir que la sociedad incorpore el diseño cómo parte de una estrategia que da valor a productos y a servicios depende tanto de la apertura de miras de la empresa cómo de que el diseñador disponga de una mejor formación. Una formación que le facilite dejar de ser simplemente un individuo que solventa problemas desde su propio punto de vista para pasar a formar parte de un proceso de construcción colectiva.

Hoy, el diseñador debe entender que ya no puede seguir siendo una empresa de servicios externos, sino que debe integrarse en el desarrollo empresarial. Debe dejar de simplemente resolver preguntas y empezar a formularlas también. Debe analizar qué tiene de especial la manera de pensar de los diseñadores para que el término Design Thinking esté en boca de los emprendedores más innovadores. Incorporar estas cuestiones a la teoría de nuestra disciplina puede ayudarnos a revalorizar nuestra profesión y conseguir que la sociedad piense en ella cómo una metodología singular capaz de aportar grandes mejoras.

Del mismo modo, también podemos aprovechar que la empresa se acerca a nuestra metodología para acercarnos nosotros también al Bussiness Thinking. Quizás podamos integrar algunos de sus procesos a la gestión de nuestros proyectos. Sobre todo si tenemos en cuenta que cómo autónomos, muchos de nosotros ejercemos casi más labores de gestión empresarial que las que estrictamente nos pertocan como diseñadores.

El diseño hoy también se enfrenta al gran reto de cambiar su modelo de negocio. Hasta ahora hemos sido principalmente empresas de servicios a clientes que requerían transmitir información. Había que anunciar un acto, se hacía un cartel. Pero hoy la información ha alcanzado grandes niveles de autonomía: se transmite a gran velocidad, es volátil y muy dinámica. Así que nuestros clientes también están cambiando sus necesidades. Cada vez son más personalizadas y requieren soluciones que les ofrezcan los mismos niveles de autonomía que los datos que difunden. Ahora, si hay que anunciar un evento, hay que transformar velozmente esa información a diversos formatos, tener en cuenta que el mensaje puede ser modificado mientras se distribuye y tener capacidad de reacción ante las posibilidades de interacción social. Yo entiendo perfectamente que a muchos clientes les resulte un engorro pasar por un diseñador cuando lo más rápido es hacérselo uno mismo. Ahora mismo, en lo que sería la difusión de la información somos un eslabón que entorpece más que ayuda. Quizás debamos empezar a replantear nuestro modelo hacia el diseño de productos que se adapten a las necesidades reales de nuestros clientes. Un camino que algunos diseñadores ya han emprendido y del que también hablaré en futuras entregas.

En definitiva, trataré de aprovechar esta columna para compartir un poco de información de aquí y de allá, exponer mis argumentos para un enfoque del diseño más empático, facilitar herramientas que ayuden en el día a día, y presentar algunas reflexiones sobre la actualidad del diseño en general y el gráfico en particular.

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Autor: Rosa Llop
Publicado en VISUAL Nº155, pag.12

Rosa Llop © © 2012

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